Ya hemos aprendido a manejar en tiempos tormentosos para bien aplicar el refrán: “a río revuelto ganancia de pescadores”
Si evaluáramos brevemente el
desempeño de nuestra industria desde hace escasos 20 años a la fecha notaremos
los diferentes ritmos y huellas que imponen las constantes modificaciones que
generan nuevos paradigmas. Las pequeñas
empresas conservadoras, que marcan la diferencia en nuestra industria respecto
a la de las demás industrias de los hermanos países latinoamericanos lejos de
la posibilidad de desaparecer parecen afianzarse interpretando muy bien los
humores cambiantes de nuestra economía.
A pesar de vivenciar un permanente estado de crisis cambiaria,
inflacionaria, de incertidumbre general el empresariado argentino, ya
acostumbrado a estos avatares, puede seguir adelantando y, creo, las empresas
dedicadas a la conservación de ascensores aprovechan esta marea y ven crecer su
parque a cargo. Son menos los que no
logran beneficiarse de esta circunstancia y, de a poco, van quedando atrapados
en su pequeña realidad ya dispuestos a aceptar su condición como la de un mero
oficio, perdiendo definitivamente la necesaria visión de un emprendedor.
Para montar la cresta y lograr
mantener un proceso de constante crecimiento, generalmente de forma intuitiva,
hemos profesionalizado nuestra labor adoptando nuevas herramientas de Gestión
tanto Administrativa como Tecnológica que nos ha permitido soliviar la mayor
estructura organizativa que requieren nuestras PYMES.
Sabido es que dentro de la
vertiginosa turbulencia de los cambios es cuando sobresale el talento y la
formación diferente, quienes tengan ese poder innato de supervivencia extrema
de adaptación, versatilidad y, por sobre todo, la visión del horizonte que aún
no se deja ver podrán liderar con ventaja sobre quienes aún no logran, no
pueden o simplemente no quieren enterarse de que la sociedad indefectiblemente
acompañara de una u otra forma esta nueva realidad. Por supuesto que en el camino habrán
rezagados pero la mayoría de nuestros empresarios ya están preparados y asisten
a este rumbo que se afianza en nuestro país; la mayor profesionalización y
jerarquización de los servicios de conservación de ascensores generará una
mayor especialización y necesidad de otra infraestructura, el crecimiento de
estas organizaciones ya es inevitable.
En plena recesión apenas bajó la
demanda de elevadores; si, hubo menor trabajo pero nunca en los niveles antes
esperados y hasta el fenómeno inflacionario, bien manejado, pudo presentarse
como una ventaja competitiva lográndose una mayor rapidez en la resolución de
cada contrato y hasta, en muchos casos, una mejor forma de pago logrando
percibir el total de la inversión por adelantado, olvidándonos del agobio que
genera luego buscar la certificación final.
Claro que somos conscientes que todo proceso inflacionario puede resultar
fatal para el desprevenido y, de hecho, genera quiebras pero otra vez
repetimos: nuestro empresariado ya ha tomado varias lecciones sobre economía
argentina y sabe actuar, salvo las excepciones que son de público conocimiento
y de las cuales ya podríamos aseverar que han sido debido una conducta
displicente y hasta irresponsable más que a las consecuencias de nuestra
realidad como país. En estos casos la
inflación actúa como una zaranda o un tamiz que dejará de lado la materia prima
no apta para esta industria y en todo caso es una herramienta más que eficaz en
un proceso de nivelación hacia arriba y a la evolución en cuanto al
profesionalismo empresarial.
El nuevo escenario a ocupar nos
exigirá una mayor capacidad de gestión, no solo para dejar de utilizar la
libreta de notas e incorporar sistemas informáticos sobre reclamos y manejo de
cuentas sino para no perder el contacto personal para con una cada vez mayor
cantidad de clientes. A pesar de que
nuestras organizaciones crezcan y ya sintamos tener una gran empresa de
servicios estos nunca serán de forma monopólica y, aunque lo fueran, nunca se
debe de perder el sentido de servicio y atención personalizada, pues la
naturaleza de esta esta industria no lo permite, ya se vio en casos donde el
trato despersonalizado primo sobrevino al tiempo la falta de confianza del
cliente hacia su operador y la consecuente debacle económica primero y
financiera luego de quien aplico este criterio.
Esta nueva realidad nos obliga a
participar insistentemente en todo foro y discusión posible acerca de la
normalización de la actividad, su regulación y la necesidad de una mayor
profesionalización de los actores, ya sean los operarios, los inspectores y
hasta quienes administran el sistema de transporte vertical de cada inmueble. La actividad solidaria y altruista no es más
que el pequeño grano de arena que debemos aportar para construir
definitivamente esta nueva realidad que deberá de aplicarse de una forma
descentralizada y solidaria hacia las jurisdicciones de menores recursos, pues
no deben de quedar sitios propicios para las malas praxis, la competencia
deberá gestarse hacia la innovación y calidad total certificada.
Y no nos olvidemos de Juan
Ya lo hemos dicho, el principal
eslabón que asegura el éxito de nuestra actividad, lo constituyen nuestros
técnicos de atención, sin ellos toda palabra es nada, la mayor de las
herramientas para afianzar el cambio será la capacitación constante y
permanente de quienes ejerzan el oficio de ascensorista. Deberemos de imponer certificaciones de
oficio periódicas evaluando criterios tecnológicos, sobre seguridad y desempeño
en la atención hacia las necesidades de nuestros clientes, veremos no solo su
profesionalización sino también su jerarquización, la sociedad todavía no
entiende que un técnico ascensorista tiene una responsabilidad similar o hasta
incluso superior a quien inspecciona una aeronave y esto ocurrirá, tiempo
mediante, mediante un proceso de capacitación permanente, siempre y cuando las
empresas conservadoras apoyen y complementen la iniciativa entregando los
recursos físicos necesarios pues el santo es santo pero más santo será si se
viste como tal.
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